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Imagen LOS PROVERBIOS Y CANTARES DE ANTONIO MACHADO, DE E

LOS PROVERBIOS Y CANTARES DE ANTONIO MACHADO, DE E

Referencia: 528
Precio: 18.00 €
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Descripción
Son bastantes los que han percibido que el libro de Emilio no es uno sino varios, dada la gran condensación de textos y temas que en él concurren. Es como si hubiera tenido la vaga premonición de que su tiempo de vida no alcanzaría para todos ellos, y como si, al no estar dispuesto a renunciar a nada de lo que de Antonio Machado había aprendido, ello le llevara a esa condensación angustiosa de su Machado total. Es, quizá, por eso por lo que la certera inteligencia de Pedro Cerezo haya calificado su obra como una excelente pieza de orfebrería, que yo entendería como un afán de minuciosidad que no considera nada de lo machadiano como superfluo, lo que quiere decir que, para él, ningún detalle, que, en los textos del sevillano hubiere lugar, carecía de significación. Y, en ello, no debe dejar de tenerse en cuenta unas especiales relaciones lector / autor, porque Emilio no sólo «leía» a Antonio Machado, Emilio «creía» en Antonio Machado, su gran «descubrimiento », desde su primera mocedad. Desde tan temprano, fue Machado, para él, luz y ansia de camino, porque la doble luz del sevillano le convertía a él en sujeto activo y determinante. Esta fue la vía en la que Emilio devino en «lector» de Antonio Machado, en el sentido gótico-hermenéutico del término. Este fue el Machado vivo en él, en su decir, en su obrar y, sobre todo, en sus silencios. Fue así como, para él, no pudo haber dos o varios Machados, sino, en su diversidad, un solo Machado unitario y total, aquel Machado maravilla de dominio del lenguaje, donde las palabras valen no sólo por lo que dicen, sino también, y en mayor grado, por lo que esconden, aquellas palabras-frontera, con las que, a la vez, se da noticia del ser y del misterio. En el medievo, tenía Sem Tob conciencia plena de tener que escribir para lectores de opinión adversa. Cuando Emilio recoge este pasaje, recoge también el comentario de Américo Castro de que ello no dejó de producir un gran escozor de alma en el moralista judío. De tales escozores y de sus escondidos silencios supo también bastante un amigo el de Don Antonio, Emilio José García Wiedemann.

JOSÉ LUIS GARCÍA RÚA
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